El diario de un pediatra

Hablemos acerca de medicina, la vida, como mejorar la salud de nuestros niños, etc. Comentarios y sugerencias son bienvenidos

28 abril 2008

Acompañados es más fácil

Fuente: Virtudes y Valores
Autor: Íñigo Alfaro

1.2 hijos por mujer. Ésa es, aproximadamente, la tasa de natalidad en países como Italia o España. De seguir así las cosas, dentro de 25 años la mitad de los niños serán hijos únicos de padres que, a su vez, son hijos únicos. Es decir la mitad de los niños no tendrá ni hermanos, ni primos, ni tíos. Para aquellos que hemos tenido una infancia normal, el dato es espantoso. Una familia común estará compuesta por los padres, el niño y pare usted de contar. A no ser que decidan ampliarla con un par de perros o de gatos.


Eso sí, seguramente, el niño –y las mascotas– en cuestión lo tendrá todo: la videoconsola de última generación, ordenador, las zapatillas del futbolista de moda, la camiseta más reciente de su equipo preferido, el balón del mundial, un i-pod con más canciones de las que pueda escuchar en toda su vida y todo el largo etcétera de cosas que el capricho infantil pueda desear. Lo tendrá todo, pero lo tendrá solo.


Hay pocos motivos por los cuales una familia no pueda o no deba tener más que un hijo. Por desgracia estos motivos existen y son muy tristes Sin embargo el deseo de vivir con toda comodidad, o de dar todo lo que se nos ocurra a nuestra prole, no se encuentran en esta reducida lista. Ni siquiera cuando creamos que así los propios hijos serán más felices. Porque no será así.


La felicidad es algo muy difícil de concretar en una definición o idea. Pero lo que está claro, al menos para los que hemos sido y somos felices, es que la felicidad existe. Y si resulta difícil definir la felicidad, mucho más resultará ponerse de acuerdo sobre cómo alcanzarla. Aun así, resulta casi imposible pensar que, en la edad infantil, soledad y felicidad puedan vivir bajo el mismo techo.


El misterio de la felicidad
Las peleas por el sitio de adelante en el coche, las conjuras de los hermanos y primos pequeños para derrocar a los mayores, las conversaciones nocturnas cuando el sueño no llega, la ilusión de heredar la ropa legada de hermano en hermano, los tumultos de niños comiendo en la cocina, los domingos por la tarde en el parque o en el jardín, la algarabía de las reuniones familiares, el alboroto de los más pequeños que gritan y corretean por doquier… Si uno se detuviese a mirar a los niños en circunstancias parecidas se daría cuenta inmediatamente de que están contentos, aunque no sepan muy bien por qué. Los niños son así. Cuando arman jaleo se sienten felices y les importa poco si el bullicio es porque están jugando al escondite, persiguiendo algún animalillo o buscando un tesoro escondido. A veces incluso habrá roces y riñas pero, ¿qué son sino la escuela del perdón?


Será más difícil
Un niño que, cuando llegue a casa, no tenga con quién hablar, que sólo pueda jugar con la Play Station, difícilmente será hoy un niño feliz y un adulto normal mañana. O puede que sí, pero se lo habremos puesto más difícil.


Nuestros hijos serán más felices cuando tengan con quien usar su balón y manchar su camiseta, cuando puedan pelearse con alguien por el sitio en el sofá o por entrar primero en el baño o cuando se den cuenta de que en la mesa siempre hay comida para todos. Porque sólo con la convivencia cotidiana se aprende a compartir, a ceder, a respetar, a olvidarse del propio egoísmo y a amar. Porque, al final, el tamaño de nuestro corazón es proporcional al número de personas que hemos dejado entrar en él. Porque los corazones mezquinos no saben mirar más allá de su pequeñez.


Las fórmulas para llegar a ser feliz son muy complicadas. Tener hermanos o dejar de tenerlos tampoco es una garantía infalible. Pero para ser feliz, como para todo, hay caminos mejores y caminos peores. Se escoja el que se escoja, será mejor ir siempre con buena y abundante compañía.

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07 marzo 2008

No usar remedios para el resfrío y la tos en menores de dos años

Va a empezar el período de invierno y con ello aumentan los resfríos, bronquitis y una serie de infecciones respiratorias que preocupan a las madres y las llevan a administrar medicamentos para el control de los síntomas. Al respecto varias consideraciones:
  1. Ninguno de los remedios habituales cura la enfermedad de base. Si bien es cierto que reducen la sintomatología el proceso infeccioso la mayor parte de las veces sigue su evolución natural.
  2. La eficacia en reducir la sintomatología no esta comprobada.
  3. Son potencialmente riesgosos incluso llegando a amenazar la vida de los lactantes. Los antihistamínicos habitualmente usados son sedantes y los descongestionantes pueden tener poderosos efectos en el sistema circulatoria además de provocar efectos en el sistema nervioso.
Por todo se recomienda no dar ninguno de estos remedios en los menores de dos años y usarlos con extrema precaución en los niños entre 2 y 11 años.

Les dejo una publicación de la administración de medicamentos y alimentos de estados unidos. (FDA) http://www.fda.gov/bbs/topics/NEWS/2008/NEW01778_span.html

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17 julio 2007

Paracetamol y prevención de resfríos

Es una práctica relativamente común el dar paracetamol (acetaminofeno en USA) para prevención de resfríos, lo que he escuchado es que algunas mamás le dan una dosis de paracetamol antes o después del baño para que el lactante no se resfríe, esto es un error y hasta podría ser peligroso.
El paracetamol es un antiinflamatorio no esteroidal, cuyo acción es fundamentalmente en la mitigación del dolor y la fiebre, es decir si estoy enfermo va a disminuir estos síntomas, pero la enfermedad va a proseguir exactamente igual.
Por otra parte todas los resfríos se originan del contagio de viruses con nuestro organismo, los que se transmiten de persona a persona, y dada las características propias del invierno, estos contactos se estrechan y se pueden transmitir con mayor facilidad los viruses, esto lleva a la falsa concepción de que los fríos provocan los resfríos (de ahí el nombre y es algo que los médicos dijimos antes de saber que existían estos gérmenes), entonces el paracetamol que no tiene efectos antivirales no interiere en nada en el proceso de infección. No previene nada, ahora si estás resfriado usen paracetamol se van a sentir mejor. Un ejemplo que uso con las mamás es lo del paraguas, si está lloviendo yo uso un paraguas para no mojarme, pero si no llueve no voy a evitar ninguna precipitación por andar con el paraguas abierto. El paracetamol calma los síntomas pero no cura ni previene, no le pidan más de lo que puede dar.


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27 junio 2007

Cuando el hijo llega enfermo...

Tomado del boletín de equipo Gama

Fernando Pascual


fpa@arcol.org

El autor es colaborador de www.analisisdigital.com, www.conoze.com y http://es.catholic.net



Bentley Glass (1906-2005), un famoso genetista, escribió hace años que no debería nacer
ningún hijo con defectos.

En un artículo publicado en una revista científica en 1971, decía literalmente:
"En el futuro ningún padre de familia tendrá derecho de cargar a la
sociedad con un hijo deforme o mentalmente incapaz". Apoyaba esta idea con
la defensa del derecho a nacer con una sana constitución física y mental.

Han pasado más de 30 años de unas afirmaciones que eran, en su tiempo, una provocación, un reto, casi una amenaza. Hoy día, sin embargo, las palabras de Glass están convirtiéndose en una triste realidad: con o sin presiones, muchos padres deciden no acoger la vida del hijo que llega enfermo. Usan, para actuar así, la misma excusa propuesta por Glass: todo niño tendría derecho a nacer sano. Lo cual se ha convertido en negar el derecho a nacer para los hijos enfermos.
Muchas sociedades, hemos de reconocerlo en justicia, han hecho un trabajo enorme para permitir el acceso a los edificios y a la vida comunitaria de personas con lesiones o enfermedades de diverso tipo. Pero ese esfuerzo a favor de los minusválidos convive trágicamente con la eliminación de miles y miles de hijos antes de nacer, porque un test genético o una ecografía descubrió en ellos defectos de mayor o menor gravedad.

En un libro publicado el año 2002, Leon Kass, conocido experto de bioética en los Estados Unidos, exponía esta anécdota. Un médico, acompañado por sus alumnos, visitaba a los pacientes de un hospital anexo a un centro universitario. Se detuvo ante un niño de 10 años que estaba allí por haber nacido con espina bífida, pero que en lo demás era bastante normal. En voz alta, delante del niño, explicó a sus alumnos: “Si este niño hubiera sido concebido hoy día, habría sido abortado”.

Ver al hijo enfermo como una carga, pensar incluso que sería normal o que existiría
una “obligación” de eliminarlo, debería provocar una sana reacción
de alarma. No podemos permitir que se discrimine, que se margine, que se
elimine, a un ser humano por el hecho de tener defectos. Necesitamos
movilizarnos, a nivel personal, familiar, social, en el mundo de la cultura y
de la medicina, para que nunca una enfermedad o un cromosoma se conviertan en
un permiso, o peor aún, en un mandato, para eliminar al hijo.


Las afirmaciones de Bentley Glass viven hoy día entre quienes, a través de la
fecundación artificial, buscan “producir” hijos sanos. No nos
advierten de la doble injusticia que se esconde en esas “producciones”:
por un lado, recurrir a la fecundación artificial, con todos sus peligros y con
su tendencia a considerar al hijo como objeto; por otro, escoger, después de un
análisis genético, sólo a los embriones (hijos) sanos, mientras los embriones
enfermos son eliminados o congelados de modo indefinido.


El progreso de la medicina diagnóstica y de la genética debe ir acompañado por un
progreso en la justicia y en el amor hacia todos y cada uno de los seres
humanos. Conocer la situación sana o enferma de un hijo tiene sentido
humanizante sólo si buscamos cómo curarlo y cómo atenderlo de la mejor manera
posible.


Un test nunca debe convertirse en un permiso para matar. Más bien, el test tendrá
que ser siempre un medio para ayudar y proteger la vida de cada ser humano. Lo
cual será posible sólo si el test está acompañado por una conciencia recta y
por un corazón bueno, capaz de reconocer que, siempre, sin condiciones, cada
vida humana es algo maravilloso, merecedor de nuestro amor y de la mejor
asistencia médica.



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08 junio 2007

¿Que es ser buenos padres?

Esto lo escuché de la radio vaticana mientras venía a trabajar, pensé en redactar un nuevo artículo pero al volver a leerlo preferí hacer un copypaste y citar la fuente, leánlo lentito y reflexionemos



Nadie duda que para ser buenos padres se necesita una gran dosis de
amor, paciencia, ecuanimidad, comprensión, disciplina, flexibilidad,
para mencionar sólo unos cuantos. Pero quizás lo que más necesitan los
padres para formar hijos dotados de las virtudes y capacidades que les
permitan llegar a ser unos buenos seres humanos es ser padres
valientes, es decir tener la fortaleza necesaria para hacer lo que más
les conviene a los hijos, por duro que sea.



El compromiso de ser
padres los enfrenta a diario en situaciones que requieren mucha
valentía para no tomar el camino fácil y privar a los hijos de los
límites que son vitales para que no sólo se rijan los principios que
les inculcamos, sino que tengan la fortaleza para ponerlos en práctica.




La vida cotidiana esta llena de ejemplos de valentía. Se
necesita valor no recibir al pequeño en nuestra cama cuando a media
noche nos suplica que le dejemos dormir con nosotros; para no llevarles
el libro olvidado al colegio cuando nos llaman implorando que se lo
hagamos llegar; para no darles nada más de lo que estrictamente se
merecen por mucho que rueguen que quieren más; para no ayudarles a
hacer la tarea que no cumplieron a tiempo así pierdan la materia; para
no pagar la fianza y evitar que los arresten cuando es importante que
aprendan que sus errores tienen amargas consecuencias. Todo ello
requiere valor.



Lo que necesitan los hijos no son padres
condescendientes y que vivan dedicados a darles todo, como
lamentablemente se siente es la tendencia. Los hijos de nuestros
tiempos necesitan de padres valerosos, capaces de cuestionarse y tener
la fortaleza para comprometerse tan seria y profundamente en la
formación de sus hijos que hagan lo que sea preciso para formarlos como
personas correctas por difícil o doloroso que pueda resultarles.



Muchos
de los problemas de los hijos hoy en día son el resultado de confundir
el ser buenos padres, es decir valientes, con ser padres
condescendientes. Los padres condescendientes trabajan muy duro con el
fin de ofrecerle todo a sus hijos, todo; pero lo que necesitan ellos
son padres valientes que trabajen duro en ellos mismos para darles lo
mejor de sí; los padres condescendientes se miden por lo mucho que
gastan en sus hijos, mientras que los padres valientes se miden por lo
que gana su familia con su trabajo.



Los padres condescendientes
hacen lo posible por resolverles todos los problemas a sus hijos
mientras que los padres valientes los dejan enfrentarlos,
permitiéndoles aprender de ellos; los padres condescendientes tratan de
evitarles sufrimientos a los hijos, mientras que los padres valientes
procuran dotarlos de las herramientas necesarias para superarlos; los
padres condescendientes se miden por los beneficios económicos que su
éxito profesional le ofrece a su familia, mientras que los padres
valientes lo que tienen en cuenta es qué precio están pagando sus hijos
por su éxito profesional.



Pero para lo que se necesita más
valentía aún es para no inventarnos toda suerte de justificaciones que
nos permitan decirle a los hijos "sí" cuando en el fondo del alma
sabemos que debemos decirles "no"; para no creernos nuestras propias
mentiras y convencernos que todo lo hacemos por su bien, cuando
realmente lo hacemos por el nuestro. Es urgente procurar que el poder
que como padres tenemos sobre los hijos no lo utilicemos para remediar
las carencias que les dejamos por nuestras debilidades y perpetuarlas
en nombre de una "bondad" mal interpretada.



Textos: Alma García



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03 junio 2007

La cesárea no es la solución

Como neonatólogo me toca ver muy seguido el dolor, la frustración y la rabia que produce un recién nacido con serios problemas; en el caso de un recién nacido con asfixia los padres critican la decisión obstétrica de nacimiento vaginal, algunos han solicitado la cesárea.
Existe la sensación de que la operación cesárea prevendría una asfixia, si este fuera el caso posiblemente todos los hospitales del mundo tratarían de que todos los partos se "resolvieran por vía alta" (como dicen los obstetras). Sin embargo grandes estudios demuestran que no es más segura para el niño y peor aún, aumenta la mortalidad materna en tres o cinco veces (aunque igual es muy baja), aumenta la tasa de hospitalizaciones por dificultades respiratorias del recién nacido, esto además secundariamente significa mayor riesgo de mortalidad o de otras enfermedades. Y por si fuera poco arriesga la vida de la madre y los hijos durante futuros embarazos, un útero con cicatriz se puede romper, sutilmente y provocar una placenta implantada dentro de las paredes o incluso en la vejiga, lo que puede provocar la muerte materna, o puede provocar rotura uterina. Otras complicaicones son: disminución de la lactancia materna, mayor índice de depresión post parto, de suicidio materno y de maltrato infantil y mayor índice de dolor después de las relaciones sexuales.
En resumen cuando piensen como va a nacer su bebé, vean que la cesárea es lo indicado en el mínimo de casos, que no es preventivo de asfixia en madres y niños sanos y que los riesgos no sobrepasen los beneficios.

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25 abril 2007

Resfrios o gripes y lactancia

    Las madres que están cursando con cuadros gripales y dan pecho tienden a preguntarse si pueden traspasar el virus por la leche. Si bien los virus pueden contaminar la leche, la leche humana contiene además inmunoglobulinas (anticuerpos) y células del sistema inmune que superan por mucho los riesgos de traspasar gérmenes por la leche. Por otro lado la única manera de evitar un contagio sería aislar a la madre del niño antes de que empiece a secretar gérmenes, lo que es imposible, esto implica que igual le va a transmitir la enfermedad al lactante por las vías habituales y si le ha suspendido el pecho no lo va a proteger. Esto queda más claro al ver que los niños alimentados al pecho tienen menos tasa de enfermedades y de hospitalización que los alimentados con fórmulas. En resumen si estas enferma tienes que extremar las medidas de higiene, con especial énfasis en el lavado de manos y no suspender la lactancia aunque estés con fiebre.





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